Geopolítica, dependencia y petróleo: un nuevo orden mundial que lucha por la soberanía energética

Lo que está ocurriendo actualmente a nivel global supone uno de los momentos más críticos de las últimas décadas. La combinación de tensiones geopolíticas (y geoeconómicas), la dependencia estructural de los combustibles fósiles y la urgencia climática han configurado un escenario complejo en el que la soberanía energética se ha convertido en un objetivo estratégico prioritario para los Estados. En este contexto, la crisis actual del petróleo, el papel de potencias como China y Rusia, y el auge de las energías renovables dibujan un futuro incierto pero decisivo.
Cuando hablamos de soberanía energética nos referimos a la capacidad de un país para garantizar su suministro de energía sin depender excesivamente del exterior. Sin embargo, la realidad muestra que gran parte del progreso socioeconómico del globo sigue profundamente condicionado por el petróleo. A pesar de los avances tecnológicos y la diversificación de fuentes, el sistema energético mundial continúa basado mayoritariamente en la explotación de los recursos de hidrocarburos, lo que genera vulnerabilidades estructurales y en definitiva dependencia que trastoca la balanza de pagos de los distintos Estados. Por tanto, no cabe duda de que la dificultad para sustituir el petróleo de los modelos energéticos sigue siendo uno de los principales desafíos globales.
Esta dependencia se ha evidenciado con especial crudeza en la crisis actual. La reciente escalada de tensiones en Oriente Próximo, vinculada en parte a decisiones políticas de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump, ha provocado una interrupción significativa del suministro energético mundial. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido de que el volumen de petróleo bloqueado supera incluso al de las crisis de los años setenta. El colapso en el estrecho de Ormuz (por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial) ha disparado los precios del crudo por encima de los 110 dólares por barril. (En el momento de redacción de este artículo Irán comienza a abrir el paso; más quizás, como muestra de músculo y supremacía que de cesión acuerdos diplomáticos, como ha quedado patente en los despachos de Pakistán (país mediador).
Las políticas de Trump han sido ampliamente criticadas por ser erráticas, imprevisibles y alocadas, trayendo consigo un profundo impacto desestabilizador. Su enfoque ha contribuido a fragmentar el orden internacional, debilitando mecanismos de cooperación y aumentando la conflictividad y las tensiones globales. Este giro ha tenido consecuencias directas en los mercados energéticos, exacerbando la volatilidad y dificultando una transición ordenada, medida y cooperante hacia modelos más sostenibles.
Por otro lado, el cambio climático se consolida como el gran telón de fondo de la crisis energética. El aumento de fenómenos extremos, vinculado al calentamiento global, no solo afecta a la demanda energética sino también a la seguridad de las infraestructuras. Sin embargo, el avance del negacionismo climático en algunos sectores políticos complica la adopción de medidas eficaces. Esta tensión entre evidencia científica y discurso político retrasa la implementación de medidas urgentes para reducir emisiones y transformar el modelo energético. Es un hecho comprobado que los problemas medioambientales han pasado a un segundo plano y la ignorancia de muchos políticos y legisladores en este ámbito supone un serio problema que nos ha hecho retroceder gran parte del camino trazado en la salvaguarda de nuestro entorno natural. Aparte, claro está, nos encontramos con la derivada colateral de que los conflictos bélicos suponen la emisión de miles de toneladas de GEI. Sirva como ejemplo que está cuantificado que la guerra de Ucrania ha supuesto hasta ahora el equivalente en emisiones (anuales) de un país como Francia.
Del conflicto bélico entre Israel e Irán surgen dos cuestiones fundamentales que se centran en la cotización del barril y el suministro de petróleo. Teniendo en cuenta esta situación, la Comisión Europea ha reclamado a los Estados miembros que estudien “la promoción de medidas de ahorro” de combustibles y que eviten las que pueden impulsar su consumo, según una carta que el comisario de Energía, Dan Jorgensen, envió recientemente a los Estados miembros.
Desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, Bruselas y muchos Estados miembros han insistido en que esta crisis energética es diferente de la que provocó la invasión de Ucrania por Rusia. Hace cuatro años la UE afrontó un grave problema de falta de suministro de gas natural, puesto que su principal proveedor era el país agresor. No es esa materia prima la que supone ahora un mayor peligro, es el crudo. La falta de suministro está provocando un encarecimiento de las cotizaciones ya que el barril de brent de referencia en los mercados europeos ha rozado los 120 dólares por barril, lo cual supone más de un 60% por encima de lo que se pagaba antes de que empezaran a caer bombas en Irán. De hecho, los gobiernos de España, Alemania, Italia, Portugal y Austria han dado un paso conjunto poco habitual: han remitido una carta formal a la Comisión Europea para reclamar un nuevo tributo coordinado sobre los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas.
La petición, fechada el 3 de abril y debatida previamente en el Eurogrupo del 27 de marzo, busca que la Unión Europea diseñe un instrumento de solidaridad temporal que haga que parte de las ganancias generadas por las grandes compañías del sector sirvan para aliviar la factura energética de hogares y empresas y contener la inflación para evitar cargar todavía más los presupuestos nacionales.
Todos ellos reclaman que Bruselas prepare con rapidez un mecanismo de contribución a escala europea, sustentado en una base jurídica sólida y compatible con las medidas que cada Estado miembro y aplica por su cuenta.
Frente a este panorama, las energías renovables emergen como una alternativa clave. No solo ofrecen una vía para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que también contribuyen a reforzar la independencia energética. Lo que está claro es que cuanto mayor sea el peso de las energías renovables en el sistema eléctrico europeo, menor será la exposición a las crisis internacionales. “El reto está en modernizar el sistema eléctrico europeo, ampliar las redes de transporte, mejorar las interconexiones entre países y desarrollar sistemas de almacenamiento que permitan garantizar el suministro incluso cuando las renovables no producen al máximo”, señala la analista energética del Institute for Energy Economics and Financial Analysis (IEEFA), Ana Maria Jaller-Makarewicz. Uno de los principales obstáculos para el despliegue de las energías renovables en Europa es la capacidad de la red eléctrica. Un informe reciente de la consultora Delfos Energy señala que muchos proyectos destinados a reforzar las infraestructuras eléctricas no estarán operativos hasta 2027 o 2028.
De un tiempo a esta parte cabe reseñar que China juega un papel central en esta transformación hacia el aprovechamiento de los recursos renovables. El gigante asiático se ha convertido en líder mundial, con más de 446 gigavatios de nueva capacidad instalada en 2025 y una capacidad total que supera los combustibles fósiles. Además, las energías limpias representan ya más del 11% de su PIB, lo que evidencia su apuesta estratégica por la transición energética. No obstante, China sigue siendo altamente dependiente de las importaciones de petróleo, lo que la hace vulnerable a crisis como la actual, especialmente si se prolongan las interrupciones en el Golfo Pérsico.
Rusia, por su parte, continúa desempeñando un papel fundamental como proveedor de energía, especialmente para Europa y países en desarrollo. Su capacidad para utilizar el suministro energético como herramienta geopolítica ha quedado patente en diversos conflictos recientes. La combinación de recursos fósiles abundantes y una estrategia política orientada al control de mercados energéticos refuerza su influencia global, aunque también la expone a los desafíos de la transición energética.
A corto plazo, el futuro de la independencia energética se presenta ambivalente. Por un lado, la crisis actual ha puesto de manifiesto la urgencia de reducir la dependencia del petróleo y acelerar la transición hacia fuentes renovables. La Unión Europea, por ejemplo, ya está impulsando medidas para reducir el consumo de combustibles fósiles y fomentar alternativas sostenibles; aunque, por otro lado, la persistencia de los conflictos y la inercia de los sistemas energéticos dificultan cambios rápidos.
En definitiva, el problema energético mundial no es únicamente una cuestión técnica, sino profundamente política y estructural. La búsqueda de soberanía energética, una economía descarbonizada y la lucha contra el cambio climático están interconectadas. El desenlace dependerá de la capacidad de los gobiernos para coordinar políticas, invertir en innovación y resistir las presiones de intereses establecidos. En este contexto, el corto plazo estará marcado por la volatilidad, pero también por una aceleración y un probable cambio irreversible hacia modelos energéticos más diversificados, sostenibles y resilientes.
Artículo para la edición digital de Dínamo Técnica.
Autor: Juan Carlos Gundín Fontecoba. Licenciado en CC. Físicas, Máster en EE.RR otorgado por las tres universidades gallegas (2004) y divulgador medioambiental.


















